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maxiavilez

maxiavilez 11 de Setiembre de 2017

A Medio año del indio en olavarria

Crónica en primera persona de mi 11 de marzo en Olavarría.

Salí desde Retiro el jueves por la noche y llegué a Tandil (porque no  conseguí pasaje directo a Olavarría). Ahí seguí mi camino con Matías,  mi amigo, que por la tarde fuimos hacer dedo a la ruta. Todo estaba  saliendo perfecto, nos levantaron y nos dejaron muy cerca (a 50km del  destino), luego una señora nos levantó y nos llevó directamente a  Olavarría, pese a que ella vivía en un pueblo que quedaba antes.

Caímos ya de noche. Todo era una fiesta,  el clima era hermoso, había peatonal, música en las calles, vendían  comida y escabio; además vendimos imanes para ayudar a una amiga de Mati  a juntar algo de plata. Todo lo sentí perfecto, llegamos sano y salvo, a  horario, habíamos encontrado lugar para la carpa, la noche estuvo  tremenda y todavía faltaba para lo mejor: el recital.

La madrugada, al dormir, fue dura, un  frío tremendo. Y claro, nosotros como buenos adolescentes, nos olvidamos  de llevar bolsas de dormir o mantas. Así que “dormí” –no pude pegar un  ojo- de pantalón corto, campera de algodón, unos 8 grados y tremenda  humedad que había porque estábamos al lado de un arroyo.

A la mañana, ya el día del recital,  comenzó a llover. Y nuevamente colgamos, nos olvidamos de llevar la lona  aislante de la carpa para la lluvia, así que el agua empezó a pasar  como si no hubiera nada. Decidimos levantarnos temprano, al fin y al  cabo, era más probable mojarnos menos afuera que ahí adentro. La tarde  fue buena, el clima no afectó para nada el contexto y la fiesta que  había en las calles; aunque había cierta preocupación de en qué  condiciones estaría el predio a la hora del recital.

Decidimos dormir una siesta, para  compensar lo que no dormimos y así estar bien luego del recital. Nos  pasamos un poco de largo y al levantarnos ya todo el mundo estaba  entrando, así que fuimos; queríamos estar adelante y no a kilómetros del  escenario. Calculamos que serían como las 20:30 aproximadamente (no  teníamos batería en el celular desde, prácticamente, el momento de  llegar a la ciudad, estuvimos casi siempre incomunicados).

Estoy obviando un hecho muy importante:  no teníamos entrada. Costaba $800, además que sabíamos que de seguro ni  la iban a pedir, no la podíamos pagar. Nos asustamos cuando vimos que la  entrada era individual, se pasaban por pasillitos donde no entraba más  de una persona por vez (en otros recitales no era así). Aun así, vimos  un grupo de chicos que pasó a la fuerza, sin mostrar entrada ni nada y  nos metimos con ellos. Una vez adentro no lo podíamos creer, estábamos  juntos en el recital de nuestros sueños, todo el viaje salió perfecto,  habíamos llegado, no pagamos entrada; no hicimos otra cosa que  abrazarnos y brindar (sí, entramos con cervezas en las manos y  bolsillos).

Luego de entrar comenzamos a caminar  hacia adelante. Pasamos por unos pozones de barro que daban miedo, te  quedabas unos segundos ahí y el lodo no te hundía, directamente te  tragaba. Pasó el tiempo y la distancia era enorme, tardamos mucho hasta  llegar adelante.

Comenzó el recital y a los tres temas el  Indio ya lo paró por los incidentes. Desde donde yo estaba, todo el  mundo lo insultaba “Maricón ¿qué lo parás?/ tocá de una vez, payaso/ que  se caguen por giles/ arrancá la puta que te parió”. Me sorprendió,  estaban insultando muy violentamente a la persona que fueron a ver, a su  ídolo… no entendía. El indio, un tipo con millones de recitales y  quilombos, sabe lo que ve y lo que hace. Si estaba parando el recital  (por casi 20 minutos) era por algo serio, no por cualquier cosa. Él nos  lo advirtió, nos dijo que nos tranquilicemos, que nos cuidemos entre  todos. Nadie lo escuchó y el recital siguió. Pero siguió adelante con un  aire raro; por lo menos eso sentí yo, que estaba prácticamente sobrio.  Sentía algo, pese a que la banda seguía tocando. No lo disfruté casi  nunca, había una sensación que me lo hacía imposible.

No pasó mucho hasta que después de un  tema, paró de nuevo y dijo que no tenía ganas de seguir tocando, que no  quería estar más ahí. Para ese momento ya era impactante la cantidad de  gente descompuesta y desmayada que iban sacando y llevando para atrás.  Fue tremendo. De todas formas, siguieron, acortaron la lista y se fueron  rápido diciendo que tenían mucho frio

La salida fue un caos. Resulta que no  había salida. Estábamos encerrados. Nadie recordaba bien por dónde  habíamos entrado. Nada estaba señalizado. Estuvimos amontonados,  apretados y quietos como por 40 minutos, hasta que un par de chicas se  subieron a los hombros de unos pibes y dijeron lo que nadie quería  escuchar, “¡no hay salida! ¡está todo cerrado!”. Ahí todo fue pánico,  pero no tardaron en romper y tirar abajo las paredes de madera que nos  estaban encerrando. Una vez afuera nadie sabía bien para dónde ir, no  sabíamos dónde estábamos. Ahora sí había excusa para que no esté  señalizado, salimos por cualquier lugar, no por donde correspondía. Pero  no sé cómo llegué al camping y pude sentarme en la carpa. A los 15  minutos vino Mati con un choripán frio diciendo “¿viste el quilombo que  fue?”

Estuvimos cerca de un fuego y nos fuimos  directamente a tratar de dormir. Nos sentíamos mal, estábamos raros. No  fuimos a la peatonal a tomar algo como teníamos planeado luego del  recital. No fuimos a festejar nuestra aventura que aún no terminaba.  Para ese momento, claro, no sabíamos nada. El frio era insoportable,  Matias se fue afuera a dormir afuera tirado al lado del fuego. Yo no  pude ir, no porque no quisiera, cada vez que me movía se me acalambraba  alguna parte del cuerpo, tuve 11 calambres (sí, los conté). Después de  quedarme estirando todos los músculos posibles, hacerme unos masajes y  moverme lo más lento posible, también fui a sentarme afuera al lado del  fuego. En eso un tipo sale de un auto donde estaba durmiendo y me habla:

-¿Te enteraste? –me dijo, sin saludarme primero.

-¿Cómo? ¿Qué cosa?

-Murió gente ayer, parece que dos pibes nomás, pero hay un montón más en el hospital.

No sabía qué sentir. Recuerdo quedarme  inmóvil y en blanco. Me dolió y mucho, pero no me asombré, me lo  esperaba.  Pero ahí entendí, eso que sentía y por lo que estaba raro,  era la muerte, era su presencia. Me quedé unos minutos callado pensado.  El hombre, de unos 40 años, cara de tipo rudo, rubio de pelo largo y  barba me dijo “llamá a tus viejos, decile que estás bien, no seas boludo  y no cuelgues”. No le contesté.

Eran casi las 7 de la mañana y comencé  hacer dedo para irme, no quería estar ni un segundo más en esa ciudad.  Nadie me levantó. Volví a la carpa y le insistí a Matías de irnos cuanto  antes, pero siguió durmiendo; él todavía no sabía nada.

Se despertó, armamos todo y salimos hacia  la terminal. Estábamos a 25 cuadras. Cuando estábamos medio cerca  distinguimos que salía mucho humo negro de por ahí cerca. Detectamos al  instante que había quilombo. Llegamos y estaban quemando un tráiler y la  calle. En mi ingenuidad pensé que era por los muertos y la falta de  seguridad, pero no, era para pedir colectivos gratis… y bueno, ganas de  hacer quilombo de lo duro que estaban.

No les dimos importancia y entramos.  Haciendo la fila para averiguar pasajes, entra un loco y comienza a dar  un discurso de porqué todos teníamos que estar con él cortando la calle.  Luego de eso, entra otro, con un palo en la mano y comienza a romper  todos los vidrios de los locales de  las empresas, estando los  trabajadores del otro lado. Al instante, un chico (con todo el cuerpo  lleno de golpes, hinchado, con cortes y moretones porque lo habían  pisado durante el pogo) le hizo frente al que estaba rompiendo todo.  Claramente no se lo tomó bien y le incrustó el palo detrás de la oreja,  dejándole una herida enorme. Casi lo mata. Si el palo se lo clavaba unos  5cm más abajo le abría todo el cuello y seguro moría al instante. Luego  de eso, los mismo inadaptados saquearon una pizzería y dos quioscos.  Desde ya que la policía nunca apareció.

Después de unos largos minutos vino la  ley y comenzó a reprimir. Luego, “El César” (el mismo que entró  rompiendo todo a la terminal y casi mata a un chico) tomó las riendas de  la rebelión popular y se proclamó como una especie de líder. Daba  discursos arriba de una silla, mostraba las balas de goma con orgullo al  grito de “esto es por ustedes, para que nos vayamos todos”.  Fue  gracioso, parecían nenes de la primaria (de 40 años y pasados de merca)  que estaban jugando. Era como la película La Ola, todos tenían un rol;  estaba él que era el jefe, una mano derecha, un matón y un perrito  faldero. Fue increíble.

El tiempo pasó y nos prometieron  colectivos gratis. Cuando llegaron resulta que eran camiones de esos que  llevan arena. Apenas llegó uno se llenó. Antes de que venga el próximo  le pregunté a un policía la situación:

-Amigo, mirá, yo no hice quilombo ni nada, pero me quiero volver cuando antes ¿me conviene subir a uno de esos?

-No, pibe –me dijo mientras que con la  miraba me decía lo ingenuo que era-. Estos son todos los quilomberos,  seguro los dejan por ahí tirados en la ruta, es para sacarlos de acá. No  pueden llegar así hasta Buenos Aires.

Por suerte tenia plata y pude comprar un  pasaje a Tandil, que era uno de los pocos destinos para los que todavía  quedaba lugar (para Capital recién había pasajes para el lunes por la  noche). Lo malo fue que el colectivo a Tandil salía a las a las 22hs,  nos íbamos a tener que quedar todo el día.

Dando vueltas por ahí nos encontramos con una pareja. La chica tenía  la muñeca vendada y moretones. Le preguntamos qué le había pasado y dijo  que la pisaron porque se cayó. Nadie la levantó ni la ayudó, lo hizo  sola. Pensé internamente el momento de desesperación de saber que en  cualquier momento te pueden pisar la cabeza y matarte. Pero eso no fue  lo peor, después nos contó algo más horrible, algo que vio. Había un  papá con su nene sentado sobre sus hombros, en el medio de una canción  el nene se le cae y lo perdió. Imagínense estar entre toda esa multitud,  saltando y con la música al palo que no te deja ni escuchar tus  pensamientos ¿Cómo hacés para ver a un nene que ni te llega a la  cintura? ¿Cómo hacés para escuchar sus gritos?

No teníamos ganas de nada, así que  armamos la carpa en la vereda y dormimos una siesta bastante larga; esa  fue la primera vez que dormía desde que había llegado. Nos levantamos y  la ciudad ya era otra cosa, había menos gente y el único rastro de  quilombo que había eran los típicos borrachos jodiendo en la calle.

Pero después pasó algo que me llamó  poderosamente la atención: las personas de la ciudad reaccionaron ante  la tragedia. Comenzaron a prestar los baños, dar los celulares para que  nos comunicáramos con nuestras familias, compartían agua y hasta  regalaban comida. Eso fue una muestra de afecto que en un momento me  hizo llorar. Me llenó de orgullo ver como se pusieron las pilas para  ayudarnos a todos.

Pero lo que me tocó el corazón me hizo  peor. Sentí vergüenza de la gran “familia ricotera” a la que estaba  perteneciendo. La gente nos ayudaba con todo lo que podía y todos se la  devolvieron arruinando su ciudad, dejando las calles como un basurero,  robando y rompiendo todo. Pero peor, la gran mayoría seguía ahí en la  calle tirado, tomando y rompiendo las bolas como si nada hubiese pasado,  como si ayer no hubiera muerto gente, como si no hubieran quedado  cientos de heridos. Toda esa situación me hizo muy mal.

Por suerte el colectivo llegó en horario y  en Tandil pude dormir sobre un colchón. Lo necesitaba y mucho. Pensé  que se me iba a pasar, que iba a estar mejor y más tranquilo, pero no  fue así. Después saqué un pasaje para Capital. Llegué finalmente el  martes a las 7 de la mañana.

Ya llegué, ya estoy de vuelta, pero no se  me pasó. Todavía hay gente que sigue varada. Un par de chicas  desaparecieron volviendo a su casa; otros más murieron después,  volviendo a sus ciudades, generalmente a causas de las drogas.

Ya llevó más de un día acá en Capital y  mi peor miedo está pasando, la tristeza no se me va. No puedo creer que  murió gente muy cerca mío, que mucha más terminó terriblemente herida.  No supero la ignorancia y la inconciencia de la mayoría de la gente que  asistió al recital… y eso que a mí no me pasó nada, salvo cagarme de  frio, un par de moretones, cortes y el problema de los colectivos.

Nadie sufrió más que los familiares de  las víctimas y los heridos, pero después de ellos, sé que el siguiente  es el Indio; igual reconozco que la mayor responsabilidad la tiene él. Pero lo vió y también lo sintió. En un momento no tuvo más  ganas de seguir tocando y quería bajarse, pero continuó de todas formas.  No me imagino cómo se puso luego de enterarse de las muertes. La culpa  enorme que sintió por haber seguido con el show y no confiar en su  instinto.

Fue una tragedia y la viví. Era mi sueño  ir y se convirtió en una experiencia horrible. Fue mi primer recital del  Indio y, muy probablemente, el último; de seguro no vuelve a tocar  nunca más.

Fue un sueño que terminó en pesadilla.

Autor: Maximiliano Avilez.

Blog: maxiavilez.wordpress.com

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